Bar Mitzvá, en (de) construcción
Por Darío
Sztajnszrajber *
Bar Mitzvá secular, humanista,
pluralista, diverso, laico, no religioso, no tradicional, sin rabino, familiar,
sin templo, cultural, sin oficiante, democrático, no dogmático… Creo que no he
usado más adjetivaciones, pero no porque no las haya sino ¡porque no he tenido
más entrevistas! Es que nos encontramos en esos procesos tan crueles, pero a la
vez tan fulgurantes; procesos no procesuales, esto es, caminos que más o menos
se sabe de donde provienen, pero para nada se intuye hacia donde se va, sumado
a que no hay ritmos ni regularidades ni tiempos homogéneos. Cuando a Derrida le
preguntan por su filosofía en relación a las instituciones, esperando una
bocanada hipercrítica que pusiera como objetivo fundamental la explosión de
todo vestigio institucional, la respuesta de Derrida –como siempre- rumbea por
otro lado: deconstruir no es destruir, sino abrir aquello que viene siendo de
un único modo a sus posibilidades mas realizadoras (no lo dice con estas
palabras, pero vale la idea). O sea: “es” un Bar Mitzvá, el problema está en
definir qué es el “ser”. Sostener una idea del “ser” cerrada; esto es, que las
cosas sólo pueden “ser” de una manera. O sostener una idea contingente del
“ser”; esto es, que las cosas siempre pueden ser de otro modo (y por ello
cuando se presentan como siendo de una única manera, vale desconfiar).
Es un Bar Mitzvá porque
deconstruye la idea misma de mitzvá, o en todo caso, la noción tradicional que
sostiene una pertenencia esencial al judaísmo a partir de la observancia de
ciertos preceptos, normativas o mitzvot. Bar Mitzvá, según la tradición, es
quien está en condiciones ya de empezar a cumplir con los preceptos que todo
judío maduro debe observar para ser un buen judío. Pero aquí no cumplimos
ninguna. O casi ninguna. O las cumplimos todas. Una vez más: depende de cómo
definamos qué es una mitzvá. Es el juego que se abre desde una definición
cerrada de cualquier término hacia sus permanentes interpretaciones que
rescatan el espíritu de la letra pero que en su radicalidad pueden llevar hasta
la negación misma de las bases de las que se parte. Como si aquellos que se
colocan del lado de la observancia, fuesen unos aplicados cumplidores de la
totalidad de las reglas… Cumplir las reglas cuando me conviene y diseñar
excepciones cuando me conviene aún más, no te hace un judío verdadero, sino “un
vivillo de cuarta” (con perdón de la expresión).
Aquí sostenemos un único
precepto, norma, regla, deber-ser, ética, utopía, etc.: judío es el que se
siente judío y se encuentra convocado en algún momento de su existencia a
emprender una búsqueda para hacerse cargo de su condición judía. No importa si
es hijo de matrimonios mixtos, de parejas judías (incluso de aquellas que
reniegan de su judeidad, pero que por la ley judía son judíos igual), si son
adoptados (que la ley tradicional no les permite ser Bar Mitzva salvo que hagan
conversión previa aunque hayan vivido una vida judía plena), si son de Boca, de
Estudiantes de la Plata
(como yo) o de Atlanta (como era de chico antes de convertirme). Hay algo judío
que me convoca. En su diversidad, en sus variaciones, en sus manifestaciones
más inauditas: olores, recuerdos, culpas, depresiones, alegrías. O algo que no
se por donde pasa, pero me pasa. Y me quiero topar con ello, dejarlo ser y
hacerme cargo. En cualquier formato. En la línea que más me provoca, convoca,
evoca, o sea, que toca mi “voca-ción”, aquella voz que busca realizarse.
Aquí en Tzavta, el Bar Mitzvá es
un encuentro con aquellos otros que desde sus alteridades comparten estos
senderos. Epicuro decía que la amistad, para que no se transforme en una
dependencia enferma con el otro, había que entenderla como el compartir juntos
durante un rato un mismo trecho en un camino que cada uno lleva a su modo. Aquí
el trecho son seis meses de estudio, de búsqueda, de arte, de poesía, de
filosofía, de fuentes judías, de condición diaspórica, de Israel, de mixturas.
Seis meses y una ceremonia final en la que damos testimonio de todo esto que
nos ha afectado. Los que quieren leer la Torá, leen la Torá; los que no quieren, no la leen. Cada cual
pone en escena, ante su gente, su propio recorrido. En algunos casos con
elementos tradicionales, en otros religiosos, en otros éticos, en otros
culturales, en otros mezclando algunos de éstos. No se idolatra la ceremonia ni
se la entiende desde la vacuidad fetichista: se la vive. De nuevo el espíritu
de Derridá: deconstruir el Bar Mitzvá puede significar abrirlo; esto es, ir
despojándolo de todos aquellos elementos que lo entraman en un dispositivo
específico que se viene sosteniendo para reproducir un tipo de judaísmo que se
pretende el único y que por ello encubre intereses concretos de poder y
administración comercial. O sea; se trata de despojarlo para recuperar su
sentido más originario, que en tanto origen no está puesto en el pasado sino en
el futuro (se complica). ¿Por qué hacia adelante? Porque un poco toda la
filosofía deconstruccionista supone que las institucionalizaciones siempre son
parciales y por ello delimitan y excluyen otras potencialidades. Por eso hay
como un espíritu mesiánico no religioso en el sentido de estar esperando una
realización más plena de aquella que hoy por hoy es imposible de avizorar.
Abrir las instituciones para que en el futuro la institución cumpla su rol que
nunca puede ser la exclusión y el dogma.
En castellano: el Bar Mitzvá es
el tiempo en el cual uno asume que hay una proveniencia que lo convoca y quiere
dar aire a la pregunta. ¿O qué otra mitzvá puede haber más importante que
recuperar la ética del desierto en la que surgimos como pueblo? La ética de la
hospitalidad, de la apertura, de la búsqueda. Aquí está la puerta abierta para
que aquel que busca, venga. ¿Será el hombre un animal ritual? La cuestión más
importante una vez más está en cambiar el acento: ¿será el hombre un animal?…
¡Definitivamente! Pero el problema está en las leyes que explican la animalidad
para legitimar que hay hombres superiores a otros. ¡Por Dios!, en la naturaleza
(o sea, en Dios), todo cambia de modo contingente (o sea, sin una legalidad
ordenada de acuerdo a un principio de mejoramiento y evolución). Pobre Darwin,
nadie lo lee. Es como con los textos judíos, nadie los abre, o sea, nadie los
lee, o más bien los cierran y los matan con interpretaciones literalistas, o
sea, no los interpretan. Es como con los ritos: los momifican.
Muchos rabinos (los malos y los
“progres”) se cansan de decirnos “eso no es un Bar Mitzva”, mientras nuestros
chicos y nuestros adultos renuevan su pasión por lo judío, se hacen cargo de un
legado y deciden continuar releyendo los textos que venimos leyendo desde
siempre, desde un siempre que no tiene origen, pero que espera lo que está por
venir, la posibilidad de que irrumpa un mundo mejor, un mundo para todos, un
mundo más justo, de una justicia real, más allá de cualquier dispositivo. No se
si necesitamos ritos. En todo caso, los ritos nos conectan con la búsqueda de
sentido. ¡Pobres los ritos vacíos, formales, donde la gente cual rebaño repite
y cual indiferente está pensando en otra cosa! Aquí hay una decisión de querer
tener que ver con una historia y con un futuro. Los ritos son algo así como las
letras que se insuflan de sentido en cada interpretación. Buscan en su
repetición crear unidad, marcar una continuidad: los judíos venimos haciendo lo
mismo hace miles y miles de años. Es cierto, pero también es cierto que se
puede romper la lógica bivalente y pensar que la unidad y la multiplicidad no
se excluyen sino que se potencian en sus tensiones. Los judíos venimos haciendo
muchas cosas hace miles de años, pero siempre resignificándolas –a ellas y a
nosotros mismos-. Bar Mitzvá secular, humanista, pluralista, diverso, laico, no
religioso, no tradicional, sin rabino, familiar, sin templo, cultural, sin
oficiante, democrático, no dogmático: Bar Mitzva en (de) construcción.
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Filósofo, director del proyecto Bar Mitzva en Tzavta (barmitzva.tzavta@gmail.com)
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